INTRODUCCIÓN
Vivimos tiempos en que el país se encuentra conmovido por situaciones ligadas a la seguridad vial que
nos exceden como individuos y nos interpelan fuertemente como comunidad. Miles de vidas humanas
se pierden, víctimas de accidentes de tránsito cuya gravedad se multiplica dolorosamente en la
expresión de los medios masivos de comunicación y en la experiencia vital de cada uno de nosotros.
El campo educativo no está ajeno a esta experiencia: estudiantes, docentes y padres han sido víctimas
de tragedias que en muchos casos podrían haberse evitado.
El 29 de mayo de 2006 nos vimos sacudidos por la muerte de cuatro estudiantes del Instituto Superior
de Formación Docente y Técnica de la localidad bonaerense de 25 de Mayo, que se trasladaban hacia
la ciudad de Embalse de Río Tercero en Córdoba, para participar de un encuentro organizado por el
Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, en el marco del programa “Aprender
enseñando”. Iban a relatar su experiencia de apoyo escolar a chicos en situación de vulnerabilidad
para que sostengan su escolaridad secundaria. Eran jóvenes que creían que desde la escuela se podía
construir un futuro mejor.
Unos meses después, el 8 de octubre, perdieron la vida nueve estudiantes secundarios y una profesora
de la escuela Ecos de la Ciudad de Buenos Aires. Volvían de desarrollar una actividad solidaria en
una escuela de Chaco cuando los impactó un camión, cuyo conductor estaba alcoholizado. Su muerte
clausuró diez futuros, diez proyectos de vida, que buscaban activamente el bien común y la justicia
social. La tragedia de Santa Fe actualizó el dolor de una sociedad que reclama, una y otra vez, acciones
que reviertan esta situación.
Todo esto, sumado al trabajo sostenido de numerosas personas y organizaciones que nuclean a familiares
de víctimas de accidentes de tránsito y que desde hace años dedican generosamente sus esfuerzos
para realizar aportes sustantivos orientados a la prevención en todo el país, nos moviliza, nos conmueve,
nos compromete. Como educadores, sostenemos que la tarea principal de la escuela es la
transmisión, entendida como forma de proteger y preservar la vida de las jóvenes generaciones, sentando
las bases de un futuro mejor para la sociedad en su conjunto, partiendo del legado cultural de
los adultos. Entendemos además, que estas pérdidas irremediables y tantas otras que siguen ocurriendo
a diario, son tragedias que se construyen socialmente. Por lo tanto, se trata de situaciones evitables,
en cuya prevención podemos trabajar.
Factores estructurales relativos a las vías, vehículos, leyes y controles, sobre los cuales los adultos responsables
debemos actuar, se combinan fatalmente con la desidia, el incumplimiento de las normas y
la creencia de sentido común que sostiene la inevitabilidad de los accidentes; aspectos culturales
sobre los cuales resulta especialmente oportuna la acción de la escuela.
Este cuadernillo se inscribe en la asunción del firme compromiso del Ministerio de Educación de la
Nación de convocar a los ciudadanos en general y a los educadores en particular, a comprometerse y
asumir la responsabilidad de hacer un aporte en la construcción de otra realidad para la circulación y
el tránsito en Argentina. Las ideas y propuestas que aquí se desarrollan acercan a maestros y maestras,
profesores y profesoras un conjunto de recursos orientados a fundamentar, fortalecer y ampliar las
prácticas de educación vial que vienen desarrollando y a motivar nuevas búsquedas, en función de un
objetivo concreto: construir un futuro menos trágico y más consecuente con el cuidado de la vida.
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